Japón te sorprende a cada paso: la modernidad más extrema se mezcla con tradiciones que tienen siglos de historia, y eso lo hace único. El choque cultural se siente en el momento en que llegás al aeropuerto. Nosotras aprendimos algunas cositas de la cultura japonesa, que te queremos compartir para que aproveches tu viaje al máximo.
Lo primero que hay que entender es que en Japón, todo se basa en mantener la armonía grupal, lo que llaman Wa (和). Esta filosofía busca evitar confrontaciones directas y no causar inconvenientes a los demás.
Por ejemplo, su forma de entender la hospitalidad, el Omotenashi (おもてなし), en anticiparse a lo que necesitás antes de que lo pidas. Lo vivimos de cerca en más de una ocasión. En Kioto, la anfitriona del Ryokan donde nos hospedamos, una señora mayor y muy dulce, se esmeró en hacernos sentir en casa y al despedirnos nos regaló una bandeja de frutas —un gesto enorme, considerando que la fruta allá es casi un artículo de lujo—. Mientras en Osaka, cuando llegué descompuesta y con fiebre, le pedimos un termómetro a la encargada del hotel y además de traerlo apareció con una bolsa de hielo. Nadie lo pidió: simplemente lo anticipó.
La cultura japonesa se basa fundamentalmente en entender la diferencia entre el Honne (本音) – lo que uno piensa de verdad – y el Tatemae (建前) – lo que se dice para mantener las formas.
La comunicación opera en capas – rara vez escucharás un no rotundo- , y cuesta leerlas: En un barcito de Kioto, una mujer se nos acercó y nos preguntó en inglés un dato cualquiera, le respondí amablemente y terminó el intercambio: recién después entendí que sería una excusa para iniciar una conversación. Si te pasa algo así, vale la pena seguirle la corriente aunque no entiendas del todo a dónde va.
En el día a día, tienen rituales para todo, por eso comer es toda una ceremonia.
Nosotras frecuentamos restaurantes pequeños de udon y sushi o cadenas de comida rápida, en estos lugares se suele pedir en el mostrador y llevar el pedido a la mesa, muy relajado.
Es muy común ver gente comiendo sola, sin ningún drama social aparente alrededor de eso, aunque me imagino que tal vez tenga que ver con el ritmo de vida y que rara vez puedan coincidir con alguien para cenar.
No es de buena educación hablar demasiado fuerte y lo mejor es terminar todo lo que tenés en el plato como una muestra de respeto.
Las tiendas de conveniencia tipo 7-Eleven o Lawson son muy prácticas: tienen comida rica a toda hora y a muy buen precio, aunque es muy llamativa la cantidad de embalaje que tiene cada producto: a veces el envase de unas galletas consiste en una caja, una bolsa, otra bolsita; los onigiris llevan separadores específicamente colocados; las frutas peladas y envasadas en bolsas individuales. Mucho plástico por todos lados.
Un dato práctico importante: aunque sea un país ultramoderno, el efectivo sigue siendo necesario en varios lugares — transporte, templos, algunos restaurantes. Siempre conviene tener algo encima.
A nivel espiritual, Japón es una mezcla fascinante de Sintoísmo (神道) y Budismo (仏教). El sintoísmo venera a los espíritus de la naturaleza, los Kami (神), que habitan en elementos sagrados y ancestros. El budismo, centrado en las enseñanzas de Buda y en la búsqueda de la paz interior, llegó desde Asia continental y encontró en Japón su propia forma. Estas dos tradiciones no compiten entre sí: conviven de una manera muy natural, y se ven presentes en templos, rituales y celebraciones a lo largo de todo el país.
El primer lugar que visitamos en Kioto fue el santuario de Fushimi Inari (伏見稲荷), y al llegar la majestuosidad del lugar impacta. En la cabeza tenía la imagen de los torii como puertas rojo-anaranjadas que daban la bienvenida a Japón, y allí se encuentran miles, formando túneles interminables que se adentran al monte. Una pequeña lección de etiqueta al pasar el primer torii (鳥居): hacer una reverencia y dejar el centro despejado para los Kami (神) — las personas deben ir por los lados.
Otra cosa en la que hacés foco son los zorros que lo custodian, al principio parecen simpáticos, casi como dando la bienvenida. Pero a medida que íbamos avanzando, sentí que algo cambiaba. A mí me generaron una incomodidad difícil de explicar, algo raro en el ambiente.
Después entendí por qué. Los zorros de Fushimi Inari no son Kami cualquiera: son los Kitsune (狐), mensajeros de Inari, el dios del arroz y la prosperidad. En la cultura japonesa, son figuras ambiguas — inteligentes, poderosos, capaces de transformarse y de engañar. No son buenos ni malos del todo, y se los venera precisamente por eso, con una mezcla de devoción y respeto cauteloso. Que generen una sensación extraña tiene sentido: está en su naturaleza.
Muy distinto fue Sensoji 浅草寺, el templo budista más visitado de Tokio. Si Fushimi Inari te lleva hacia adentro — literal y figuradamente — Sensoji es pura energía hacia afuera: bullicioso, colorido, lleno de gente, con el mercado de Nakamise en la entrada vendiendo souvenirs y comida típica.
Ahí descubrimos los omikuji (おみくじ): papelitos de fortuna que se sacan al azar. Si te toca buena suerte, te lo llevás de recuerdo. Si te toca mala suerte, lo atás en los alambres del templo — la idea es dejar los malos augurios ahí y no cargar con ellos. Nosotras no lo sabíamos, nos tocó mala suerte y lo llevamos igual: así que ahora tocando madera para contrarrestar el efecto Ya sabemos para el próximo viaje.
De la mezcla de creencias surge esa estética de valorar lo imperfecto y lo efímero: el Wabi-sabi (わびさび) es la filosofía de encontrar belleza en las cosas incompletas o en proceso de deterioro. Otro ejemplo es el Hanami (花見), la contemplación de los cerezos en flor, vinculada al Mono no aware (物の哀れ), esa melancolía dulce que genera todo lo que dura poco. Nosotras llegamos unos días tarde y nos perdimos el esplendor de los cerezos , pero algo es mejor que nada: mono no aware
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